
La naranja mecánica no fue considerada como un elemento posible de generación de violencia

Little House in the Prairie
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Mucho se ha hablado y escrito sobre la presunta influencia que ejercería la televisión sobre los niños y jóvenes a través de la presentación en pantalla de escenas de violencia (en particular, asesinatos) que, de acuerdo a la teoría de quienes quisieran ver erradicadas estas imágenes, generaría predisposición hacia la delincuencia entre los espectadores y especialmente en aquellos cuya formación intelectual no ha sido completada a satisfacción, supuestamente en la escuela.
Hablamos más de la televisión que de los medios de comunicación porque pareciera existir la presunción de que es el medio que provoca actos de violencia. Sin embargo, el movimiento nazi en la Alemania de los años 30 se manejó con la radio y el cine, al igual que el comunismo en la Rusia de Lenin y Stalin; el apoyo oficial al cine soviético tuvo siempre un componente de propaganda. En Estados Unidos, los dibujos animados de la Segunda Guerra Mundial también incluyeron elementos propagandísticos, con frases que hoy suenan enigmáticas, como “¿Es este viaje realmente necesario?” o predicando el ahorro de metales y materiales que podrían ser aplicados a fines bélicos.
Con respecto a los libros, las obras de Marx y Engels fueron determinantes para los movimientos socialistas y comunistas, que con frecuencia fueron violentos. También han sido históricamente numerosos los diarios, semanarios y otras publicaciones incitando a ella. Sin embargo, estas manifestaciones no son actualmente consideradas a la hora de estudiar la relación entre los medios y las acciones destructivas; las novelas policiales, cuyo tema específico es el crimen, son incluidas entre las obras de arte. Y la literatura contemporánea de ficción, al menos en América Latina, parece necesitar de hechos delictivos —desde crímenes simples hasta secuestros y desapariciones políticas— como manera de atraer y retener al lector. El cine, pese a que Rififí resultó en asaltos a bancos y La Naranja Mecánica fue lamentada años más tarde por el propio Stanley Kubrick, tampoco fue considerado como un elemento posible de generación de violencia.
Los hechos más violentos de la historia mundial se han registrado sin la participación de la televisión: además de las dos Guerras Mundiales, donde el medio simplemente no existía, las guerras de Corea y Vietnam la tuvieron como simple espectadora y se alega que la TV ayudó a finalizar la de Vietnam llevando a los espectadores estadounidenses las imágenes de sus compatriotas muertos o heridos en acción. La primera guerra del Golfo Pérsico contra Irak tuvo cierta presencia televisiva pero la cobertura del segundo ataque contra Saddam Hussein restringió la presencia de la TV a un papel subordinado a la estrategia militar. Es igualmente difícil relacionar a Al Qaeda con la TV, salvo por los comunicados que emite; es indudable que los elementos de esta organización terrorista no han adherido a la misma por mirar televisión. La violencia en Palestina, Irán, Pakistán y países africanos tampoco tiene una relación establecida con el medio.
En América Latina, no ha habido revoluciones cruentas en los últimos años, y la TV podría tener algo que ver en ello; en el reciente caso de Honduras, es posible atribuirle un carácter moderador. La violencia recurrente de organizaciones como las FARC en Colombia y los cárteles de la droga en México, una vez más, tienen poco y nada que ver con el medio.
El énfasis en la TV
Además de su ubicuidad, podría argumentarse que la TV tiene influencia masiva porque es gratuita y no exige esfuerzo, en principio, por parte del espectador, en tanto que el cine requiere ir a una sala —aunque ahora existen el video hogareño y la TV por suscripción— y por lo menos hay una necesidad de un acto de voluntad concreta y tiene un costo. Sin embargo, escuchar la radio tampoco requiere mayor esfuerzo; por lo tanto, existe una actitud más crítica —apenas superada por la que existe ante los videojuegos— hacia la TV. Quizás ello se deba a su inmediatez y cercanía: el aspirante a crítico observa, con sus propios ojos, los actos de violencia reflejados en la TV, en tanto pensar en los efectos de la radio cuando Orson Welles transmitió La Guerra de los Mundos es un ejercicio más lejano y resulta complicado imaginarse el grado de histeria que el programa produjo, pese a que se aclaró durante el mismo que era un ejercicio de ficción. La teoría que carga las tintas sobre la TV se ha visto exacerbada por el despliegue de otras, donde se ensalza la importancia de la “comunicación” (utilizando el término erróneamente, ya que sólo se envían datos, no hay reducción de incertidumbre ni retorno) y los “medios de comunicación”, frase a la que se ha agregado más recientemente la palabra “social”, quedando en “medios de comunicación social” cuando en realidad se trata de torrentes de imágenes y palabras que en la mayoría de los casos son contemplados en forma pasiva por el espectador como manera de pasar el tiempo, evitando el aburrimiento que le produciría el tener que pensar.
En este sentido, Freud ya anticipaba que ‘el estado natural del cerebro es la calma’ y que por lo tanto pensar representa una perturbación. Años más tarde se admitió que el acto de pensar consume no pocas calorías (es comparable a la generación de electricidad), pese a lo cual difícilmente la actividad sea incorporada a los regímenes para adelgazar que tanta demanda tienen en estos tiempos de obesidad progresiva.
La acción de la TV como calmante social fue demostrada en la Argentina a fines de la década del 80, cuando una crisis energética llevó al gobierno, con la aceptación de los responsables de los canales —que se veían beneficiados por la reducción de costos y la concentración de las “tandas” publicitarias—, a limitar los horarios del transmisión de la TV abierta. La gente se lanzó a las calles a alquilar en los “videoclubes” cuanta cosa tuvieran disponible en video hogareño, para ponerla en pantalla y reemplazar el oprobioso “negro” de la falta de señal.
Por otra parte, un problema de la violencia en televisión es que, aunque discutamos su relevancia, es difícil ser neutro, sin hablar siquiera de estar a su favor por atribuirle efectos de catarsis. En una convención de la National Cable Television Association (NCTA) en los Estados Unidos, ante un cuestionamiento acerca de la importancia relativa de la violenta en televisión frente a la violencia familiar y, crecientemente, el uso de drogas entre niños y adolescentes, uno de los catedráticos expositores musitó ‘en todo caso, (la violencia en TV) no ayuda’. Afirmación categórica, por cierto.
Ted Turner aventuraba, medio en serio y medio en broma, que de haber existido la CNN en la época de Cristo, éste no hubiera sido crucificado. Lo que sucede en la actualidad es que los movimientos políticos y sindicales utilizan a la televisión como medio de difundir sus ideas e influir sobre la opinión pública. La mayoría de las manifestaciones públicas son planificadas con un ojo puesto en las cámaras. Pero, en países como la Argentina y Bolivia, el recurso parece ser insuficiente y los “piqueteros” (personas que cortan puentes, calles, rutas y vías ferroviarias) recurren a molestar a la población en general —y en particular a quienes transitan en automóvil— mediante la interrupción de las vías de comunicación como manera de atraer la atención de las autoridades y los medios, una especie de extorsión. Esto indica que, para un cierto estado de crispación social, la acción de difusión que se atribuye a la TV no alcanza. Cuando las acciones “piqueteras” fueron ensayadas —con influencia argentina— en países socialmente más organizados, como Uruguay, Estados Unidos o España, tropezaron con la indiferencia de la opinión pública local y la acción policial, y se esfumaron de inmediato.
Los verdaderos orígenes de la violencia
Desde nuestro punto de vista, el contexto inmediato —madre, padre, hermanos, vecinos, amigos— al menor de edad (niño o adolescente) influye mucho más sobre sus actitudes futuras que la contemplación de asesinatos en la TV, y en especial los que aparecen en las historias de ficción, sin derramamiento de sangre ni los movimientos corporales y expresiones faciales que efectúan las personas afectadas por disparos verdaderos.
Podría argumentarse que, más que los programas de ficción, podrían afectar a los niños las escenas de noticieros donde a diario se muestran casos criminales con el objeto de atraer audiencia. En América Latina, esta estrategia se aplica en la mayor parte de los países y, podría decirse, en forma independiente del grado de violencia que ataque a esa sociedad en particular. En Europa, las autoridades y los canales de televisión tienen una relación mucho más supeditada a una normativa que evita este tipo de situaciones.
Existe además una forma de violencia que, sin recurrir a actos físicos, produce angustia en el espectador de televisión. Denominada profesionalmente "violencia blanca", ha escapado a la atención de los críticos porque es transmitida por la trama y no por imágenes, sin que ello reduzca —a nuestro juicio— su efecto. La serie Little House in the Praire, conocida en América Latina como La Familia Ingalls, es un ejemplo de acción sobre la mente del espectador sin violencia explícita.
La influencia de la TV se minimiza en el contexto de consumo de drogas. Esto se da en especial en niños y adolescentes sin recursos que deben hacerse imperiosamente de dinero para satisfacer su adición. Su reclutamiento para la venta y distribución de narcóticos es uno de los problemas meas graves que enfrentan las sociedades actuales.
Si se desea reducir de manera efectiva el nivel de violencia en las sociedades latinoamericanas, sería mucho más práctico actuar sobre los niveles de desnutrición y pobreza, la deserción escolar y la estructura general de los sistemas policial y judicial, que tratar de reducir escenas en las pantallas de televisión. Siendo la TV un medio reactivo, cualquier descenso en los índices de violencia social sería reflejado de inmediato en el medio. Suprimir o intentar suprimir las imágenes en pantalla equivale a matar al mensajero: no ayuda a resolver el problema de fondo y quizás lo empeore, agregando impunidad a los delincuentes y los actos de corrupción, y quitando información pública sobre el tema.
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Los formatos de la comunicación. Introducción
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